capitulo 8
Capitulo ocho, Héctor
Encendí la luz. Héctor, dije asombrado. Héctor era SRS del área centro. Uno
de mis mejores amigos y confidentes. Hermano. Le di un abrazo. ¿Cuánto tiempo?
Un año. ¿Tanto? El tiempo vuela. Ni lo digas. Que te sirvo. Me acerque a la
cantina que tenía en mi despacho. Un mueble de nogal oscuro. Un whisky. Hielo. Si,
por favor. Ya dijiste. Serví un par de vasos con mucho hielo y puse en ellos
una onza de whisky Jim Beam.
Nos sentamos en un pequeño sofá que ahí había. Qué bueno que vienes amigo.
Tan mal están las cosas. De la chingada. Como vas a creer. Créeme que estoy
pasando por un momento crítico en la organización. Que sucede. Bueno, miento,
yo no estoy pasando un momento crítico, es la organización, hay un desmadre. Si
me explicas. Yo mismo no se decirte que ocurre. Eres inteligente, sabrás
decirme. Ni yo sé por dónde empezar. Inténtalo.
No tengo idea. Quizá por el principio. Nos piensan cambiar a todos. A todos
quienes. A los SRS’s. Que dices, eso es muy grave. Lo es. Como puedes asegurar semejante
disparate. No, es la neta, hay un pinche complot. Ves cosas donde no las hay.
Acaba de irse la lista a Nueva York. Tú la viste. No, entonces como lo
aseguras. Me lo dijeron. Quien. No puedo decirte. La putita de tu asistente. Que.
No te hagas pendejo. Bueno si, ella. No mames pinche Javier, tu eres el que
trae un desmadre. Espera. Qué. Espera, tú a eso viniste. Claro que no amigo,
relájate. Me senté. Luego me levante. Me volví a sentar. Héctor me miro. Apacíguate
cabròn. Héctor tomo de su trago. No te pongas serio. Tienes razón. Cambiemos de
tema.
Un año sin verte amigo. Mira, aquí estamos. Un año más viejos. Chocaron sus
copas. Un favor, sírveme otro trago. ¿Igual? Si, por favor. No pidas favores.
Claro que sí. Somos amigos. Por eso. Los amigos no piden favores. Yo sí. Y yo.
Eres orgulloso. A veces. Espero. Qué. Que si necesitas ayuda. ¿Acaso la
necesito? Que si la necesitas, la pidas. Lo pensare. Apure mi trago. ¿Entonces?,
dijo Hector. Entonces cincuenta y cuatro para ser exactos. Cierto, fue tu
cumpleaños. Héctor saco de su bolsa un sobre. Tu regalo. Me dio un sobre. Dentro
del sobre una foto. En la foto un grupo de SRS´s en una foto en
Guadalajara, atrás escrito: El equipo
estrella: Héctor, Javier en Guadalajara con el jefe ¿Y esto? Lo sabrás en su
momento. Ahora debes guardarlo. Puse el sobre en mi saco. Brindamos. Ahora debo
irme amigo. Nadie debe saber de esta plática. Así será. Se levantó. Me saludas
a Ana. De tu parte. Lo siento. No mames, le dije. La fuerza de la costumbre, se
disculpó. Ven dame un abrazo cabròn. Héctor me dio un abrazo con el cariño de
hermanos.
Héctor salió del despacho. Me quede sentado por un rato. Tenía ya cuarenta horas sin dormir. Era mejor irse a descansar. Vacié mi vaso y lo dejo sobre la mesa. Tome el teléfono. Me negaba a irme a dormir. Llame a Mónica. bip bip. Sonó ocupado. Marque de nuevo. Nadie contesto. Guarde el celular. Tome mi saco, me lo puso al mejor estilo gánster. Salí por el pasillo. Estaba solo, camine por el pasillo entre los cubículos. Avenida Juárez se veía desde las ventanas de cristal. Abajo la alameda central dejaba ver a los últimos paseantes. La ciudad le rendía tributo a este magnífico edificio de cantera que se levantaba imponente. Subí al ascensor. Me vi al espejo. Me miraba cansado. Mi rostro lucia sereno, no mostraba su edad. Tenía bastante cabello. El ascensor se abrió en el sótano. Salí al pasillo. Se podían escuchar los pasos, clap clap clap. Había una gotera a lo lejos tin tin, caia sobre una lámina de metal. Llegue donde mi camioneta. Clip clip se abrieron los seguros. Abrí la puerta. Aborde.
Encendí la camioneta y conduje por Avenida Juárez. Avance hasta Álvaro Obregón
y ahí apenas doblando vi el Casino. Hacía tiempo que no venía a este sitio. Quizá no fuera mala idea entrar un rato, pensé.
Mire el reloj. Era medianoche. Me decidí a entrar. Total, que podía perder. Di
la vuelta y me estacione a la entrada. Casino Fortuna.
Señor. Era el tipo del valet. Le entregue las llaves, camine a la entrada.
Un tipo me acompaño a la caja, le di mi tarjeta. Quiere fichas. Sí. Cuanto le
doy. Ábrame crédito. Muy bien, crédito abierto, le dijo al cajero. Mire el
lugar: Mesas de madera con terciopelo, alfombra roja. Un pequeño bar al centro.
Sentada ahí, una morena me observaba. La mire. Me sonrió y tomo de su bebida.
Aquí tiene señor. El mesero me entrego una tarjeta. Con esta tarjeta mis
compañeros le darán las fichas que usted necesite. Tome mi tarjeta y deje
hablando al mesero. Me perdí entre las mesas. La morena del bar seguía observándome.
Me acerque a la mesa de póquer. Por aquí señor, un mesero se aproximó. Le
sirvo algo. Un Vodka con redbull. Enseguida, y para la dama. Junto a mí se
sentaba la morena del bar. Hola, Hola le dije. Lo que ella guste, le dije al
mesero. Quiero un amaretto, dijo ella. Cómo te llamas galán. Javier, le dije.
Juegas seguido. De hecho no, tengo un año sin venir. A que te dedicas. No
querrías saberlo. Es peligroso. No, o quizás sí, ya no sé. Bueno, creo que te
cae bien un descanso. Abre mesa, anuncio el crupier. Cartas, dije. Sabes jugar.
No, dijo la morena, me gusta ver. Que te gusta. La emoción. De ganar. Y de
perder, ambas son emociones. Te excita. Excitada ya estoy. Cartas, pregunto el
crupier. Si, dos dije. Tenía un par de reyes. Entregue dos de mis cartas, me
llego un rey más y una sota. Fichas, dije, cuanto le damos señor. Diez mil. Oh,
juegas fuerte. No creas, ando fuera de forma. Se acercó un empleado y poncho la
tarjeta. Puse en la mesa los diez mil
pesos. El crupier miro sus cartas.
Volteo su juego, tenía un par de caballos. Voltee mis cartas. Sin hablar
me puso encima mis diez mil y diez mil más. Bebí de mi copa, estaba fría. Jugué
así tres veces seguidas. Gane en todas. Vienes con suerte guapo. Crees. Tu no.
Ceo que cuando la suerte te sonríe debes prepararte. Para que. Para lo peor. No
seas dramático. No lo soy. Eres afortunado. Tú qué sabes. Se te ve en el
rostro. Tome mis fichas. Toma. Que es esto. Es tu parte. Pero no jugué. Sí, me
diste suerte. Es mucho. Te parece. Son más de veinte mil. Si, gane casi cien
mil. Es tu parte. Gracias. Espero sea suficiente. Lo es. Bueno, me retiro. Tan
temprano. Sí. Tenía planes. Si, cuales. Ir a tu casa. Imposible. Porque. Ahí está
mi esposa. Un hotel. Imposible también. Porque. No he dormido en cuarenta
horas. Le eres infiel. Así es. Esa es la razón. De qué. De que no puedas
dormir. Se levantó. Toma. Tu tarjeta. Sí. Búscame cuando hayas dormido. Lo
hare. Me dio un beso en la mejilla. Tomo sus fichas y se perdió por el casino.
Tome mis fichas. Cambio, ordene. Se acercó un empleado. Tomen cinco mil pesos y
se lo reparten tú y el mesero. Así será señor, gracias. Salí del casino. Pedí
mi camioneta. El valet la trajo y me abrieron la puerta. Lo esperamos pronto
señor. Subí a mi camioneta. Tenía en mi bolsa setenta mil pesos más que cuando
había llegado. No había dormido en un chingo de horas. Había estado a punto de
cogerme una hermosa mujer. Que de malo podía pasar ahora.
Llegue a mi casa. Eran las cinco de la mañana. Casi cuarenta y ocho horas
sin dormir. Era una casa con fachada de cantera, en un bonito vecindario. Abrí
la puerta. Una estancia con sala color beige y un gran ventanal dejaba ver el
jardín del patio trasero. Helechos colgando de las paredes del patio podían verse
por la gran ventana de la sala. A un lado un piano, y junto al piano un
pequeño bar. Del otro lado el comedor, y junto a este una pequeña barra asomaba
a la cocina. Ahí, sentada mi esposa. Te esperaba. Ya se hizo costumbre. Hoy es
distinto. Quiero que hablemos. Supe que era distinto. Ya valió madres, pensé. Siéntate.
Me senté en la barra. Del otro lado la sirvienta estaba preparando algo.
Quieres algo. Un café. Mi esposa con la mirada le pidió a la sirvienta. Dime.
Quiero pedirte un favor. El que quieras. El que yo quiera. Sí. Bueno. Te
escucho. Supe que lo que venía me iba a doler. Me agarre los huevos. Sentía el estómago
revuelto. Quiero que nos separemos. No mames, atine a decir. Creo que ya lo
esperabas. Quizá. Ves. Bueno, debo confesar. Qué. Que uno nunca está preparado.
Pues parece que tú sí, yo sí, sí, pareces muy preparado. Porque lo dices. Mira,
no me hagas hablar. Quiero hablar. No, no es necesario. Creo que lo es. En
serio. Sí. Eso quieres. Sí. Bueno, lo sé todo. Que es todo. Que te coges a tu
secretaria. Como lo sabes. Lo sé, punto. Lo gritas a todo el mundo. El carro
siempre trae hojas de pirul. Nosotros no tenemos árboles, menos de pirul, vivimos
en una privada. Las hojas de pirul son del hotel. No entiendo. No te hagas
pendejo. Las bolsas, la sirvienta se le quedo viendo. Saco dos bolsas de
whiskas. Las puso en la mesa. Creo que se te perdió esto. Comida para gato,
pregunte. Si, hasta donde sé, te cagan los gatos. Y si, me cagan los gatos. No
te burles, por favor, son de la putita que te estas cogiendo. Me quede como
lelo viendo las bolsas. Con razón nunca las encontré, pensé. Aun así, dijo, pensé
que no era cierto, a pesar de los rumores, guarde silencio. Pero vino tu amigo,
Héctor, anoche, me lo dijo todo. Que pocos huevos de cabròn, dije. No, el si es
tu amigo, por eso lo hizo. Pues me va a escuchar. Eres tan pendejo que no has
aprendido. Qué. Nada, nada. Si no has aprendido a saber quiénes son tus amigos.
Ese cabròn no es mi amigo, Quienes te aman. Me quede callado. A dónde vas. A
partirle su madre. Salí de la casa, tenía ya cuarenta y ocho horas sin dormir.
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