El código


Me gustan las historias donde la gente tiene aventuras, viaja, conoce lugares, es famosa y hace cosas importantes. Solo hay un detalle. Muchas de esas historias son falsas, la mía si es una historia verdadera. Mi nombre es Cuauhtémoc Medina, soy matemático. Hice una maestría en la Universidad de California en Los Ángeles, la UCLA. Mi tesis fue acerca de los métodos de encriptación con números primos.

Una vez fui secuestrado por los rusos, me llevaron de los Ángeles a las Vegas. Amanecí en el Cesar Palace. Me despertó una mucama, era hindú, Que hago aquí, le pregunte, ella no contesto y salió de la habitación. Más tarde entraron varios rusos. Hablaban entre ellos. No les entendía nada, eran dos altos y uno bajo como de mi estatura. Cuauhtémoc Medina, me pregunto el más bajo en inglés. Si soy yo, le contesté. Queremos pedirte un favor. ¿Porque estoy aquí?, le pregunte. Solo te queremos pedir algo, después podrás marcharte. Su acento ruso era inconfundible. Queremos que nos decodifiques. ¿Lo dije bien?, Preguntó. Me miro, su tono de piel era tan blanco que se dibujaban sus venas en sus manos. Si, le conteste. Que nos decodifiques unos códigos, después se podrá marchar. ¿Pero porque me tienen encerrado? No lo está. Es más, podrá ir a cualquier parte, siempre que permanezca en el hotel. Solo lo acompañara uno de mis compañeros. No son un peligro, considérelos como su protección. Podrá usted ir a cualquier parte del hotel. En el armario hay ropa de su talla y si necesita algo solo pídalo. Nosotros le mostraremos lo que debe resolver en su momento. Me despido. Hizo un pequeño saludo. Salió de la habitación y detrás de él lo siguió un guardia, el otro permaneció en la habitación. ¿Cómo te llamas? le dije. Iván, contestó. Iván, ocupo ropa. Abrió el armario, había un traje Armani de mi talla. Ocupo zapatos, iba a decir cuando me los mostró. Me levante, me di un baño y me vestí. El ruso siguió ahí en la habitación todo el tiempo. Termine de arreglarme. ¿Puedo salir de la habitación? Usted puede ir a donde guste señor, solo no abandone el hotel por favor, me lo dijo en algo que intentaba ser un buen inglés. 

En la suite había una entrada al elevador. Subimos. La puerta del elevador de cerro. Bajamos al piso doce. Había un gran salón. Era un casino: alfombras rojas, columnas en amarillo dorado, mesas de juego forradas de terciopelo y caoba, mujeres guapas en vestidos escotados y hombres que al igual que yo vestían de forma de lo más elegante. Quiero jugar, dije con el mejor acento de un niño maleducado. El ruso me acompañó a la caja. Pidió una tarjeta. Con esta tarjeta puede usted jugar todo lo que guste. No lo creía. Me dirigí a la ruleta y me senté a observar. La mesa estaba llena. Había mujeres solas alrededor, seguramente en búsqueda de algún millonario o un buen cliente que les invitara una copa., Siete negro grito el Croupier. Pedí fichas de cien dólares cada una. Aposte quinientos dólares al veintiuno rojo, todos en la mesa me voltearon a ver, en especial una chica con un vestido blanco. Perdí. Veintiuno rojo, van otroa quinientos, dije. Trece negro, anuncio el croupier. Perdí nuevamente. Sin embargo, me había ganado el respeto de los presentes. Caballero, permítame invitarle algo. Un trago para el señor, dijo un hombre de barba que vestía un fino traje. Hola, que arriesgado. Me dijo una chica de piel blanca rubia y de vestido blanco. Gracias, pensé que se me darían los números. ¿Y no? Me pregunto, pues no, perdí. Pero aun puedes ganar, me dijo mientras me tomo la mano. Sin dudarlo subí con la chica a mi habitación. Yo había olvidado que estaba secuestrado. Entramos a la suite y la empecé a besar. Era muy blanca y hermosa. Pasamos la noche juntos.

Por la mañana la chica se había ido. La habitación estaba llena de rusos. Vemos que se ha pasado una buena noche señor, dijo el más bajo de ellos, y que parecía el jefe. Queremos, si no tiene inconveniente, ponernos a trabajar. Un ruso me tomo del brazo y firmemente me llevo a la mesa, me ayudo a sentarme y ahí me dejo. El jefe me mostro unas hojas de papel, eran unas hojas normales, tenían pintadas columnas de números con cinco cifras en cada número, separados en cuatro filas y de ahí repetidos en veinte renglones en cada hoja. Debo decir que note que todos los números eran números primos. Esto esta codificado, dije. Ya lo sabemos, dijo el jefe. Ocupamos saber que dice, díganos que necesita. Ocupo una calculadora científica, con graficas de funciones, dos cuadernos, dos lápices del número dos, sacapuntas, goma, tres cuadernos, tres plumas de colores, negra, azul y verde, una botella de tequila 1800 y un vaso de dos onzas. Listo. Se fue uno de los guardias por la puerta. Ocupo saber también de que se trata, dije decidido. Negativo, esa información no la sabrá. Nosotros incluso no la sabemos. Tiempo, pregunto. No sé, quizá una semana. Tiene usted cuarenta horas, empiezan ahora. Se fueron todos y solo se quedó un guardia en la puerta. Más tarde uno más toco y me dejaron una bolsa de plástico con todo lo que había pedido.

En esas horas no se me permitió salir, si quería comer me lo traían a la habitación, si quería ir al baño un ruso entraba conmigo, y permanecía conmigo dentro. En una ocasión me trajeron agua para beber, era la chica con la que había estado la noche anterior. En otra ocasión pedí una caja de cigarros, entro un ruso, era el croupier de la ruleta, todos trabajaban juntos.
Descifre el mensaje. No resulto difícil. Cada grupo de cinco números eran una palabra, se trataba de una receta química, o biológica, no sé, no soy químico. ¿Es una bomba?, pregunté, ¿una bacteria sintética? El ruso se quedó mudo. Como se atreve a cuestionarnos. Trono los dedos y entro la chica rusa y me dio un puñetazo, dos rusos entraron, uno de ellos reviso mi escrito. Está completo, dijo. Guardó todo y en un bote de basura quemo lo que me habían dado, los cuadernos de mis notas y las hojas con los números, la ropa que yo traía. Por el inodoro tiro los cigarros que quedaban y lo que más me dolió, el tequila. La chica, hasta entonces mi chica, me sujeto con otros dos guardias y me puso una liga en el brazo, Oye es mucha droga dijo el jefe. Tengo que estar segura que olvidara, dijo. Metió la jeringa, sentí un tremendo descanso y me dormí.

Y ahora estas aquí. Así es. Y ¿porque dices que te llamas Cuauhtémoc Medina?, pareces gringo. No sé, necesito un nombre, la verdad es que no recuerdo mi verdadero nombre. Pero y tu familia. No se quienes sean. Los he olvidado. Y pides dinero. Si, son cinco dólares por la historia. Y tus zapatos, pregunto el hombre. Los he perdido, no recuerdo. Y la historia, porque la recuerdas bien, dijo el hombre molesto. No sé, en realidad puede ser distinta, pero algo así debió ocurrirme, de otra manera, ¿cómo pudo perder el juicio un matemático como yo?

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