El día en que mataron al presidente
Soy lector de Carlos Marx y de cuanto
libro comunista caiga en mis manos. Creo firmemente que el socialismo no debió
desaparecer de la Unión Soviética. Aquí mismo en el país, las cosas están muy
mal. Veo a diario multitudes de descalzonados y jodidos. Caminando por las
calles sin una esperanza de mejorar. Uno se cuestiona. Alguien debe hacer algo.
Quise hacer las cosas bien, como marca la teoría. Intente formar un movimiento
político, pero me lo impidieron. Partido Marxista de los Trabajadores.
Prohibido. La mafia, el poder. Vivo en la colonia Veinte de Noviembre, por el
solo nombre, una colonia pobre a orillas de la ciudad. Por las noches miro por
la ventana, la colina de calles de tierra. A lo lejos, y serpenteando, las
luces y los edificios donde viven los ricos, comen en sus restaurantes y pasean
en sus autos; pero eso va a cambiar muy pronto.
Hoy matare al presidente. Es un
plan excelente, lo elabore con Jaime, un radical de izquierda. Era mi seguidor,
yo fui su maestro en la universidad. Teníamos el plan para ejecutarlo juntos,
pero al final decidí hacerlo por mi cuenta. No confío en él. Se convirtió en un
tipo violento. No estaba comprometido con los ideales del socialismo. Pues
bien, hoy matare al presidente, tengo todo planeado, el arma: una Berreta nueve
milímetros, el lugar: el mitin oficial. El día: hoy, aniversario de la
revolución.
Eran las siete de la mañana. Salí de
casa y camine por avenida Colosio. Preocupado por no llegar temprano tome un
taxi. A monumento a la revolución, ordené al subir.
- Bien jefe.
- No me diga jefe.
- ¿Lleva prisa?
- ¿Por qué?
- Podemos irnos por Álvaro Obregón y de
ahí tomar avenida Reforma.
- No sé.
- O si gusta tomo por Avenida Hidalgo y
de ahí doblo hasta el Monumento a la Madre, de ahí bajamos dos calles hasta el
Monumento a la Revolución
- ¿Cuál es la puta diferencia?
- Pues que hoy es el mitin del
presidente.
- Está bien, ya dijo algo importante,
váyase por el Monumento a la Madre.
- Solo que por ahí seria veinte pesos
más jefe, es más lejos.
- Está bien.
El taxi avanzo por Avenida Hidalgo.
Muchedumbres de acarreados caminaban por las calles hacia el mitin del
presidente. Pancartas en color morado, porras y vivas al presidente se
escuchaban por la calle.
- ¡No inventen!, no tienen dignidad,
dijo el taxista.
- Creo que les pagan, por eso lo hacen.
- A mí también me podrían pagar, pero
decido trabajar.
- Pero ellos puede que no consigan
trabajo.
- Trabajo siempre hay, son huevones. La
culpa la tiene el presidente.
- ¿Cree usted?
- Creo que alguien debería hacer algo -dijo
esto y me miro directo a los ojos. Yo traía la pistola en la chamarra y por
instinto voltee a verla-. Pero no, somos cobardes, no tenemos los arrestos para
ponerle un alto.
- Quizá nadie lo ha intentado hasta
ahora, dije en voz baja.
- Eso va a cambiar, dijo el taxista.
- ¿Porque lo dice?
- Es inevitable que algo suceda, las
cosas están muy mal.
- ¿Por qué se detiene?
- Hay tráfico, la policía cerró la
calle.
- ¿Y ahora?
- Vamos a tener que rodear.
Entro por las calles. Condujo por
Allende y de ahí salió hasta Álvaro Obregón. La gente llenaba la calle.
- Mejor aquí lo dejo jefe.
- ¿Porque?
- no hay forma de pasar. Son ochenta
pesos.
Pague con un billete de cien. Quédese
con el cambio. Baje. Cerré la puerta de golpe. Algo me grito el taxista. Me
apresure. Estaba a casi diez calles de donde el mitin. A paso rápido avance por
entre la gente.
Al llegar a la calle República de Cuba
vi un rostro conocido. Casi me estrello con él. Era Jaime, mi alumno. El muy
cabrón me vio y siguió como si nada, vestía una chaqueta donde llevaba
guardados sus brazos. Me dieron ganas de darle su merecido. El muy desgraciado
se atrevía a venir a este mitin. Desistí de mi idea. Di vuelta y me cruce al
otro lado de la calle, no quería que me asociaran con ese pinche bolchevique.
Ya en el mitín el escenario estaba
lleno, ancianos con bastón, sucios y desarrapados, mujeres embarazadas, jóvenes
sin empleo, vendedores de fritangas, personas en espera de una despensa, niños llorando
y gritando con los mocos en la nariz. A veces me pregunto si vale la pena
mi lucha. Me aproximé al escenario.
- ¿Quién es usted? Me pregunto un
guardia.
- Vengo con el partido. Enseñe una
credencial que tenia de años atrás cuando había pertenecido al partido.
- Su credencial esta vencida amigo, ¿Que
quiere hacer?
- Me encargaron revisar la plataforma
donde estará el presidente. El guardia lo pensó
- Mira, pásele, pero te me regresas en
chinga, nadie debe estar ahí.
Subí a la plataforma. Una estructura
de madera y acero de unos veinte metros. Me asome por debajo. Había una barra
de metal cubierta por una tabla de madera. Me agaché, pasé mis piernas por
debajo de la barra y quedé tendido sobre la tabla. Me escondí ahí. Podía ver a
la gente que se encontraba delante del escenario y también a los que accedían a
plataforma. Nadie podía verme a mí. Era el sitio ideal. Saqué de mi bolsa la
pistola. Afuera se escuchó el ruido de la gente. Señores, con ustedes el
presidente de la república, anunció una voz al micrófono. La gente aplaudió y
la plataforma se cimbró con el himno nacional. Y re tiemble en sus
centros la tierra, al sonoro rugir del cañón, cantaba la muchedumbre.
De pronto y de la nada un silencio. ¡Bang! Se escuchó un disparo. ¡bang bang!,
dos disparos más. Silencio. Todo se detuvo. ¡Increíble!, quien disparo, pensé
yo. Me asome por las barras y vi a Jaime, estaba hasta el frente de la gente,
el muy pendejo traía un arma. Lleno de miedo veía al estrado. El estúpido le
había disparado a la mesa donde estaban sentados los invitados al mitín. Tome
mi pistola y le dispare al cabrón. Nadie me iba a quitar el gusto de matar yo
al presidente. Recibió el disparo y sin una expresión cayo. Hijo de puta, dije
en voz alta. La gente a su alrededor apenas lo noto. De pronto un temblor se
escuchó desde el piso. La tribuna se estremeció. Se sentía el suelo retumbar.
La muchedumbre corrió en todas direcciones. Era una estampida humana. Se vino
encima. Tiraron tiro la tabla de donde yo estaba suspendido. Cabrones me están
tirando, grite. Solté la pistola, alguein me la quitó de las manos y se perdió
entre el rio de gente, otra persona me tiro de los cabellos, caí al suelo y me
aplastaron, zapatos, tenis, zapatillas, una patada en la cara, de repente
empecé a no sentir, me desmaye.
Abrí los ojos. Estaba en un cuerto de
hospital.
- ¿Quién es usted?, pregunte.
- Soy el medico de piso, está usted en
el hospital. -Un dolor intenso me salia del pecho. Entro a la sala un grupo de
personas de traje. En medio el presidente.
- Amigo. Me entere de que usted es quien
salvo mi vida, pero más importante, salvo este país y con eso los ideales de la
revolución. -Quise mentarle la madre, pero el dolor me detuvo.
- No haga esfuerzos señor, trae usted
perforada una costilla, me dijo el doctor.
- Hoy usted se ha convertido en un héroe
señor. Acaba de enfrentar a uno de las mafias del socialismo más poderosas del
país, agrego el presidente. Doctor, le encargo a este ciudadano, dele la mejor
atención.
- Así será señor presidente.
- Señor, interrumpió uno de los hombres
que acompañaban al presidente, ¿quiere que le damos alguna indemnización al
héroe? pregunto refiriéndose a mí.
- No es necesario, dijo el presidente,
un hijo de la revolución no es un héroe por un regalo o dádiva, lo hace por su
patria. -Como no pude mentarle la madre, empecé a llorar del dolor. El
presidente me miro. -Es un patriota, dijo. Hizo un saludo militar y se retiró
con su gente.
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