Montaña Rusa


A veces pienso que mis días son como la montaña rusa, se donde empiezan, pero no como terminan, hoy precisamente me despertó la alarma de mi celular  poco antes de las seis de la mañana. Soy superintendente de una de las cincuenta oficinas de Cienciología en el país. ¿Que no saben qué es?, claro, no es para cualquier persona, solo los muy enterados estamos ahí. Es una de las asociaciones más poderosas del planeta, pero ustedes que saben de eso, pinches asalariados. Volvió a sonar la alarma. Me levante. Salí del cuarto y me senté en el sillón de la sala, abrí una de las ventanas que dan al jardín y vi que estaba muy claro para ser tan temprano, el fresco de la mañana me pego en la cara. Puta, que aire tan chingón, dije. Me encendí un cigarro. Tome mi celular. Abrí un bloc de notas y escribí: cosas que hacer después de mis cincuenta y cuatro años. Uno. Dejar de fumar. Le di una fumada a mi cigarro. Dos. Levantarme más temprano. Esa ya la estoy cumpliendo hoy. Le puse palomita. Tres. Disfrutar de cada día. Carpe diem, agregue. Cuatro. Encontrar el verdadero amor. Termine mi cigarro y me fui a bañar.
Me arregle: me puse un traje gris, una camisa blanca y una corbata Pierre Cardín azul, loción Armani. Subí a mi camioneta, una Dodge voyager del año. Salí patinando. Conduje por avenida Álvaro Obregón, tome avenida Juárez y apenas iba llegando a mi trabajo recibí un mensaje de Mónica. Hola, me puedes hacer un favor. Claro, conteste. No podré ir hoy a trabajar. ¿Te puedo ver a mediodía en Sanborns para comer? Está bien. Un favor más. Dime. Me puedes comprar unas whiskas? ¿Qué es eso? Comida para gato. Me cagan los gatos, pensé. Está bien, conteste. En el siguiente semáforo seguí de frente y dos calles adelante encontré un Oxxo. Me detuve y compre dos bolsas de whiskas. Aventé las whiskas en la cajuela y arranqué.
En mi oficina me puse al día. Revise mi correspondencia, me presente con la jefa de área y le informe que ya me encontraba en la ciudad. Le avise que a mediodía saldría a comer. Me dijo que estaba bien y me entrego una serie de oficios que habían llegado mientras estaba yo en Guadalajara. No los leí, los deje en mi escritorio.
A mediodía me fui a comer. Camine hasta el Sanborns que esta sobre avenida Hidalgo. Ahí estaba Mónica. Se veía más joven que nunca. Me sentí avergonzado de estarme cogiendo a esa chica. Traía puesto un pantalón de mezclilla que le dibujaba su redondo trasero, la abrace y le di una nalgada. Estaba buenísima. Ella me abrazo y nos besamos. Entramos al Sanborns y nos fuimos derecho al bar, pedimos algo de botana, yo un vodka con redbull, ella una piña colada, ordenamos un platón de antojitos mexicanos para comer. No pude ir hoy a trabajar. Ya me di cuenta. Pero no sabes porque. Si no me dices. Me encargo tu jefe el jefe de área de Guadalajara que fuera por unos paquetes al aeropuerto y que los reenviara a Nueva York. Oh, eso no lo sabía, porque no me lo pidió a mí. Pues no sé. ¿Que eran? Eran unas listas, creo los nombramientos de los nuevos superintendentes en México. Me quede helado, ¿porque no me lo había comentado a mí?, pensé. No mames, estuvimos una semana juntos y no tuvo la confianza de decirme, dije en voz alta. ¿Decirte que? Que iban a nombrar nuevos jefes. Pues quizá no tuvo tiempo. Tuvo todo el puto tiempo del mundo. Llego el mesero. Tráigame otro vodka con redbull. Usted señorita. A mi tráigame un vodka con agua mineral y licor de jengibre, gracias. Enseguida. El mesero se perdió por entre las mesas. Me sentía súper encabronado. Traicionado. Un lelo. Me tome ese vodka y otro más.
Salimos del Sanborns, tomamos un taxi y nos dejó en las oficinas de Cienciología. Recogí mi camioneta y nos fuimos al hotel. Entramos. Ordené a recepción un par de cubas con solera y coca cola, mi debida favorita dije. Puse la radio. Encendí el jacuzzi y puse agua muy caliente. Mientras el jacuzzi se llenó me entretuve desvistiendo a Mónica. Fue de lo más divertido. Traía puesto un pantalón tan ajustado que tuve que sacarlo por partes, debajo de eso todo fue fácil: un pequeño calzón cubría sus redondas y blancas nalgas, en sus diminutos pies solo unas tobilleras; no traía sostén, solo unos parches que evitaban mostrar sus pezones. You’re like heaven to touch; I want to hold you so much, cantaba Andy Williams. La bese más que otras veces. Hicimos el amor; después de eso me la cogí. El jacuzzi me relajo como nunca. Me acosté y me quede dormido. Desperté. Eran las cinco. Me levante y me di un baño, no supe si llevar a Mónica a su casa. Dejarla ahí me parecía de lo más descortés. Encendí un cigarro. ¿Qué hago? me dijo. Vete a tu casa. En efecto, fui descortés. ¿Te pido un UBER? Ya lo pedí, me dijo. El taxi llego y nos despedimos con un beso. 
Yo me fui a mi casa. Apenas había salido del hotel tome la avenida Hidalgo, y en el cruce de la glorieta: ¡Madres!  Un camión de basura se me impacto en la cajuela. La camioneta dio varias vueltas hasta que me detuve en un árbol de almendro. Quede de cabeza. Tenía húmeda la pierna. No la sentía. Se hizo un silencio. Pasaron unos minutos. Empezó a sonar una sirena, era la policía. Una sirena más. Era una ambulancia. Se siente usted bien. ¿Quién eres? Me escucha. No mames, me acabo de dar un súper putazo ¿Qué horas son?, pregunte. Señor, no haga esfuerzo, sabe ¿qué es lo que huele? no mame, ¿se cago? Me voy a. Se dio vuelta. Vomito. Es comida para gato imbécil, tuve que decirle. Señor, no se ponga picudo, me dijo limpiándose la boca. Tiene usted una varilla en una de sus piernas, vamos a tratar de sacarlo del auto. ¿Qué horas son cabrón? Señor, son las seis de la mañana. Gracias, dije con un quejido. ¿Para qué quería saber la hora? Es que siempre digo, hice una pausa, que uno sabe cómo empieza el día, pero no como lo termina. Mientras me sacaban del auto y me colocaban en la camilla mi celular empezaba a sonar la alarma. Por la calle los niños empezaban a pasar para la escuela.

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